❤️🩹 Domingo 7 Posterior a Pentecostés/ TONO 6 🙏🏻
- Ortodoxos

- hace 3 días
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Actualizado: hace 1 día

EPÍSTOLA:
Romanos 15:1-7
EVANGELIO:
Mateo 9:27-35
COLOR LITÚRGICO:
Dorado
Contemplamos hoy a estos dos ciegos que avanzan por el camino con sus bastones, corriendo “a tropezones”, pero con la esperanza puesta en Jesús. La escena es profundamente humana y espiritual. Ellos no ven, pero le siguen; no distinguen el camino, pero lo buscan; no poseen claridad, pero claman misericordia. Su fe no les ahorra el cansancio, ni la dificultad, ni el riesgo de caer. Su fe, como la nuestra, es una fe que se conquista paso a paso, entre tropiezos, entre oscuridades, entre gritos de auxilio. Y, sin embargo, es precisamente esa fe imperfecta, esa fe que avanza a tientas, la que Cristo quiere despertar y llevar a plenitud cuando pregunta: “¿Creéis que puedo hacer esto?”. ¿No habían demostrado ya su fe corriendo a ciegas, clamando misericordia por el camino? Sí, pero el Señor desea que esa fe se vuelva consciente, pronunciada, entregada. Cristo no busca información, busca adhesión. Quiere que la fe que ya late en sus corazones se convierta en confesión viva, en acto libre, en palabra que brota desde el interior iluminado.
La tradición ortodoxa siempre ha visto en la ceguera física un símbolo del nous oscurecido. Por eso Cristo abre primero los ojos del alma y luego los del cuerpo. El verdadero milagro es invisible y ocurre dentro del hombre que cree. La vista corporal es consecuencia de la iluminación interior, “El Señor abre primero los ojos del alma, y luego los del cuerpo”. Y así, estos dos hombres, que corren sin ver, representan la vida espiritual de cada cristiano: avanzamos sin claridad, luchamos sin certezas, buscamos sin ver del todo, pero seguimos a Cristo porque lo amamos. La fe no es seguridad automática, ni iluminación instantánea; es combate, como dice san Pablo: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe”. La fe crece en la oscuridad, cuando el alma clama y no ve, cuando el corazón se aferra a la misericordia aun sin comprenderlo todo.
En el evangelio de hoy, Jesús no solo cura a dos ciegos, sino también a un mudo poseído. La ceguera simboliza la incapacidad de ver a Dios; la mudez, la incapacidad de confesarlo. El demonio siempre busca cerrar la boca del hombre, impedir la oración, bloquear la alabanza. Cuando Cristo expulsa al demonio, el hombre habla. Habla porque la gracia abre la boca del corazón. San Juan Damasceno enseña que “la lengua del hombre es órgano de la doxología, y el demonio intenta paralizarla”. Cristo devuelve la palabra, porque la palabra es signo de comunión, de fe, de vida.
Pero junto a estos milagros aparece también la reacción de los fariseos, que atribuyen las obras de Jesús al príncipe de los demonios. Su juicio es falso, pero revela una verdad que la Iglesia siempre ha enseñado: no todo lo extraordinario viene de Dios. El demonio puede producir señales, puede seducir con prodigios, puede imitar la luz, el demonio no conoce el futuro, pero lo calcula por su astucia. El cristiano debe discernir, vigilar, mantenerse en la humildad y en la obediencia a la Palabra.
El milagro que viene de Dios siempre está unido a la fe. La señales de Cristo no buscan espectáculo, no buscan fama, sino comunión. El verdadero milagro es la presencia de Dios en la vida del hombre, la intervención benévola del Señor en la historia de sus amigos. Y cuando el alma navega más profundamente en el mar de la fe, el milagro se vuelve más personal, más íntimo, más cotidiano: la paz que llega en medio de la tormenta, la fuerza para perdonar, la luz para comprender, la paciencia para esperar, el consuelo que sostiene, la esperanza que renueva. Todo esto es un milagro es Cristo actuando en nosotros.
San Pablo, en la carta a los Romanos, nos recuerda que la Iglesia glorifica a Dios cuando conserva las Escrituras y la Tradición, cuando vive en comunión, cuando los fuertes sostienen a los débiles, cuando cada uno pone su grano de arena para edificar el cuerpo de Cristo. La unidad de la fe no es sociológica, es espiritual. Cristo nos recibe a todos, y nosotros debemos recibirnos unos a otros como Él nos recibió. La comunidad cristiana es el espacio donde cada uno aporta su don, su esfuerzo, su paciencia, su misericordia. La Iglesia es el lugar donde la iluminación interior de los ciegos y la palabra recuperada del mudo se vuelven vida compartida, servicio mutuo, caridad concreta.
Pero Cristo también nos advierte que no debemos gloriarnos de nuestras obras. Ordena a los ciegos que no cuenten nada. Y, sin embargo, como ocurre tantas veces en nuestra condición humana, no hacemos caso. La gloria humana nos seduce, el orgullo nos engaña, la vanagloria nos ciega. Y entonces damos pie a la crítica de nuestros enemigos, como los fariseos que levantaron falso testimonio contra el Señor. Cuántas veces, por no obedecer la palabra de Jesús, dejamos que nuestro propio orgullo nos caiga en la cara y nos avergüence. La humildad es la luz que preserva el milagro; la soberbia es la sombra que lo destruye.
La frase que pronuncian los ciegos —“Hijo de David, ten misericordia de nosotros”— es una de las más usadas en la Iglesia ortodoxa. Es el corazón de la oración de Jesús, la súplica del hesicasta, la respiración del alma que busca la luz. Se repite en varios pasajes del evangelio, y cada vez conduce a Cristo a contemplar un milagro a favor del hombre. Esta súplica trae paciencia, consuelo y esperanza. Es la oración del corazón que reconoce su necesidad y se abandona a la misericordia divina.
Hoy, al contemplar estos milagros y estas enseñanzas, pedimos al Señor la gracia de mirar la vida con los ojos de la fe, para ver todo como venido de su mano amorosa, tanto lo fácil como lo difícil. Pedimos una fe que transforme nuestra vida, una fe que crezca en la oscuridad, una fe que avance a tientas pero que nunca deje de correr hacia Cristo. Pedimos humildad para no gloriarnos de nuestras obras, paciencia para sostener a los débiles, consuelo para los que sufren y esperanza para los que buscan. Y pedimos que nuestra comunidad sea un lugar donde la misericordia de Cristo se haga visible, donde la palabra se recupere, donde la vista se ilumine, donde la unidad se fortalezca y donde cada uno aporte su grano de arena para glorificar a Dios con una sola voz y un solo corazón.
El cordón de oración

En la tradición ortodoxa rusa, el cordón de oración o komboskini se conoce principalmente como chotki (чётки) o, en su traducción literal, vervitsa (вервица), Nacido en el silencio ardiente del desierto egipcio, es más que un instrumento para contar repeticiones: es una escuela del corazón. Cuando los primeros monjes, muchos de ellos analfabetos, buscaban cumplir el consejo apostólico de “orar sin cesar”, encontraron en la oración de Jesús —“Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, ten piedad de mí, pecador”— una vía sencilla y profunda para mantener el alma despierta ante Dios. Esta jaculatoria, heredera del Kyrie eleison de las liturgias orientales, se convirtió en el latido espiritual del monacato, y con el tiempo, en el suspiro constante de millones de fieles.
La tradición atribuye a San Pacomio la invención del cordón de oración, tejido con lana virgen como símbolo del Cordero de Dios. Cada nudo es una pequeña cruz, un sello contra la dispersión y contra el engaño del enemigo. Se cuenta que San Antonio el Grande, al hacer un nudo por cada súplica, veía cómo el demonio selos deshacía para confundirlo. Por eso comenzó a trenzar nudos en forma de cruz, imposibles de desatar por manos malignas. Así, el cordón se volvió también un arma espiritual, un recordatorio de que la oración perseverante vence la astucia del tentador.
Es muy importante tener en cuenta que: “Es necesario Orar desde el corazón y mediante el Espíritu” recodemos lo dicho por Nuestro Maestro de Amor:
Estén atentos y oren para no caer en tentación.
El espíritu está dispuesto pero la carne es débil (Mat 26, 4),
Se trata de un ejercicio, ciertamente sostenido, que es llamado “atención”, incluso: “sobriedad”, “trabajo espiritual”, o “guardia del corazón”. Es una vigilancia de la oración que quiere ser y devenir incesante y penetrante en las fuentes mismas del corazón donde la respiración sirve de soporte y de símbolo espiritual a la oración. “El nombre de Jesús es un perfume que se expande y que se ama respirar”. El soplo de Jesús es espiritual, cura, arroja los demonios, comunica el Espíritu santo (Jn 20, 22). El Espíritu Santo es soplo divino (Spiritus, spirare), espiración de amor en el seno del misterio trinitario. La respiración de Jesús, como el latido de su corazón, debía estar ligada sin cesar a ese misterio de amor, como también a los suspiros de la criatura (Mt 7, 34; 8, 12) y a las “aspiraciones” que todo corazón humano lleva en sí. “El mismo Espíritu intercede dentro de nosotros con gemidos inefables” (Rom 8, 26).
Adecuando la oración al ritmo respiratorio, el espíritu se calma, encuentra el “reposo” (hesychia, en griego; de ahí el nombre de “hesicasmo” dado a esta corriente espiritual de la oración). El espíritu se libera de la agitación del mundo exterior, abandona la multiplicidad y la dispersión, se purifica del movimiento desordenado de los pensamientos, de las imágenes, de las representaciones, de las ideas. Se interioriza y se unifica al mismo tiempo que ora con el cuerpo y se encarna. En la profundidad del corazón, el espíritu y el cuerpo reencuentran su unidad original, el ser humano recobra su “simplicidad”. No se preocupen por el número de veces que lo tengan que hacer, más bien tengan en cuenta que la oración sea salida de su corazón que gracias a Dios palpita sin cesar esperando la iluminación de Jesús en el Espíritu Santo.
“Así como dijo el Señor y luego también el Apóstol:
"Oren sin cesar, día y noche, todo el tiempo"; porque no sabes cuándo vendrá Aquel que se llevará tu alma con Él”. (San Efrén el Sirio)"
Santoral
Domingo 7 Post-Pentecostés/ TONO 6
Domingo 19:
Sisoy el Grande (429)/Sinaxis-Santos de Radonezh
(Rm 15:1-7/Mt 9:27-35)
Semana 8 Post-Pentecostés/Tono 6
Lunes 20:
Tomas y Acacio Monjes, X y VI/ St. Euphrosyne
(1Cor 9:13-18/Mt 16:1-6)
Martes 21:
ícono-Santísima Virgen de Kazán (Казанская)
(Fil 2:5–11/Lc 10:38–42,11:27–28)
(1Cor 10:5-12/Mt 16:6-12)
Miércoles 22:
Pancracio obispo de Tao Silicia Gran Mártir
(1Cor 10:12-22/Mt 16:20-24)
Jueves 23:
La posición-túnica Santa-Nuestro Señor Jesucristo-Moscú
(1625) (1Cor 10:28-11:7/Mt 16:24-28)
Viernes 24:
Olga (Elena) igual a los Apóstoles, 969/
Eufemia Gran Mártir, I (1Cor 11:8-22/Mt 17:10-18)
Sábado 25:
Mártires Proclo y Hilario de Calyptus
(Rm 13:1-10/Mt 12:30-37)








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