❤️🔥 La Natividad de la Theotokos🙏🏼

EPÍSTOLA:
Filipenses 2:5-11
EVANGELIO:
Lucas 10:38-42,11:27-28
COLOR LITÚRGICO:
Azul
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Amados hijos en Cristo:
Hoy la Iglesia nos conduce hasta el comienzo visible de un misterio que estaba preparado desde antes de la creación del mundo: el nacimiento de la Santísima Virgen María, nuestra Señora, la Theotokos y siempre Virgen. A los ojos del mundo parece un acontecimiento pequeño: nace una niña en el seno de una familia piadosa. No se dan por enterados los imperios, no cambian las fronteras, no se escuchan trompetas en los palacios. Y, sin embargo, la Iglesia proclama que este nacimiento trae alegría a todo el universo porque Dios está preparando su morada.
Cuando abrimos el libro del Génesis contemplamos al Dios que crea el cielo y la tierra. "En el principio creó Dios los cielos y la tierra" (Gn 1,1). No lo crea por necesidad, porque nada le falta, sino por amor y para comunicar la existencia y la bondad. "Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno" (Gn 1,31). El universo entero se convierte en testimonio de su gloria: "Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos" (Sal 19,2).
Pero el designio de Dios no termina en crear al hombre desde fuera de sí mismo. El misterio que contemplamos en la Encarnación es todavía más grande: el Creador entra en su creación; el Verbo eterno se hace verdaderamente hombre; Aquel que sostiene todas las cosas se hace pequeño dentro de la historia humana. "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14). Y para ello Dios prepara un lugar.
En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios prepara el tabernáculo, el templo, el Santo de los Santos. Todo aquello era figura y anuncio de una realidad infinitamente mayor. Dios dijo a Moisés: "Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos" (Ex 25,8). El verdadero templo donde Dios quiso habitar corporalmente sería la humanidad asumida por el Verbo, y, en un sentido singularísimo, el seno purísimo de la Theotokos. Por eso los Padres y la himnografía de la Iglesia contemplan a María como templo vivo, arca espiritual, morada de Dios y cielo viviente.
La fiesta de hoy, por tanto, no es simplemente el recuerdo del nacimiento de una mujer santa. Es la contemplación de la providencia de Dios preparando la humanidad para recibir al Salvador. Como dice san Pablo: "Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer" (Ga 4,4).
La tradición de la Iglesia conserva la historia de Joaquín y Ana y nos muestra como dos personas piadosas, ancianas y rechazadas por la esterilidad, pero perseverantes en la oración, una enseñanza profundamente bíblica, indicándonos que Dios puede hacer brotar vida donde el hombre solamente ve esterilidad. Así sucedió con Sara e Isaac, con Ana y Samuel, con Isabel y Juan el Bautista. "¿Hay para Dios alguna cosa difícil?" (Gn 18,14). Y el ángel dirá también a María: "Porque ninguna cosa es imposible para Dios" (Lc 1,37).
Pero después del nacimiento de nuestra amada María viene su preparación que alcanza su plenitud en la historia: de ella nacerá, según la carne, Aquel que es el Salvador del mundo. Por eso el nacimiento de María es llamado amanecer. Todavía no vemos a Belén; todavía no escuchamos el anuncio de los ángeles a los pastores; todavía no contemplamos la Cruz, ni el sepulcro vacío. Pero ya ha comenzado parte de la promesa, "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz" (Is 9,2); y esta luz encuentra su cumplimiento en Cristo, "la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, viniendo al mundo" (Jn 1,9).
Dios no quiso salvar al hombre destruyendo su humanidad, sino sanándola y uniéndola a Él. El Verbo no vino como una aparición, ni tomó una humanidad ficticia. El Hijo eterno asumió verdaderamente nuestra carne. Por eso pudo entrar en nuestra historia, conocer el cansancio, el hambre, las lágrimas, el rechazo, el dolor y finalmente la muerte. "Pues por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo" (Hb 2,14). No porque la divinidad pueda sufrir por su divinidad, sino porque el mismo Verbo de Dios, permaneciendo verdaderamente Dios, asumió una naturaleza humana y padeció en ella por ese mismo amor creador.
Cristo entra en el sufrimiento humano para transformarlo desde dentro. Por eso "No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (Hb 4,15).
La Cruz manifiesta esta verdad de manera suprema. Dios no permanece distante contemplando nuestro dolor. En Cristo, Dios se acerca hasta las profundidades de nuestra condición caída. El sufrimiento no tiene la última palabra porque Cristo lo atraviesa y lo transforma en camino hacia la Resurrección. "Era necesario que el Cristo padeciera estas cosas y que entrara en su gloria" (Lc 24,26). La muerte tampoco tiene la última palabra porque Aquel que murió en la carne resucitó y destruyó la muerte: "¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?" (1 Co 15,55).
Pero para que el Verbo asumiera nuestra humanidad, quiso recibirla de una mujer. Dios no trató a María como un instrumento sin voluntad, la gracia de Dios no anuló su libertad. En la Anunciación, María escucha, discierne y responde: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Su respuesta no crea a Cristo —porque Cristo es el Hijo eterno del Padre—, pero su consentimiento libre participa verdaderamente en el misterio de la Encarnación. Ella recibe al Verbo y lo ofrece, por obra del Espíritu Santo, aquello que el Verbo quiso asumir: nuestra humanidad. "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1,35).
Por eso María es la Nueva Eva. La primera Eva escuchó una palabra que la condujo hacia la desobediencia; María escucha la palabra del ángel y responde con obediencia. En Eva vemos la humanidad apartándose de Dios; en María contemplamos a la criatura que, por gracia, responde libremente a Dios. Donde entró la muerte por la desobediencia, comienza a manifestarse la Vida por la obediencia. "Así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos" (Rm 5,19).
No significa esto que María sea una “diosa” ni una segunda fuente de salvación. El único Salvador es Cristo. "Y en ningún otro hay salvación" (Hch 4,12). Pero precisamente porque Cristo es el Salvador, podemos comprender la grandeza de aquella que libremente aceptó ser su Madre según la carne. La Iglesia no separa a María de Cristo: cuando honra a la Theotokos, proclama al mismo tiempo la verdad de la Encarnación, la Cruz y la Resurrección. Por eso Isabel, llena del Espíritu Santo, proclama: "¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?" (Lc 1,43).
En la Theotokos contemplamos esta imagen de la Iglesia. La Iglesia que recibe la Palabra, la guarda, la anuncia y da fruto por la acción del Espíritu Santo, es la receptividad perfecta de la criatura ante su Creador. Ella no conquista a Dios; recibe a Dios. No impone su voluntad; entrega su voluntad a la gracia. Por eso la verdadera grandeza cristiana no consiste en hacerse grande ante los hombres, sino en dejar que Dios habite en nosotros.
San Pablo nos recuerda: "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?" (1 Co 3,16). Y también: "Sois templo del Dios viviente; como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos" (2 Co 6,16). Si Dios preparó en María una morada para la Encarnación, también quiere hacer de nosotros templos de su Espíritu Santo.
Esta es entonces la pregunta a la que la fiesta nos dirige:
¿Estamos preparando un lugar para Dios?
Podemos tener una casa hermosa y un corazón desordenado. Podemos tener muchas palabras religiosas y poca oración. Podemos hablar de Dios y no dejarle espacio para transformar nuestra vida.
La Theotokos nos enseña otra cosa:
"hacer de nuestra existencia un lugar disponible para la voluntad divina".
Amados hijos en Cristo, hoy nace María. Es el amanecer que nos llevará al mediodía y que luego a la Resurrección, que nos preparará para soportar la Noche. Porque "la noche está avanzada, y se acerca el día" (Rm 13,12).
De María surgirá según la carne el Sol de Justicia, Cristo nuestro Dios. Él vendrá a nuestra historia; asumirá nuestra humanidad; entrará en nuestro dolor; cargará nuestra muerte; descenderá hasta las profundidades y desde allí levantará al hombre hacia la vida eterna. "Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados" (1 Co 15,22).
Por eso cantamos con toda la Iglesia: "Tu nacimiento, oh Theotokos, ha proclamado alegría a todo el universo". Y el mismo tropario nos explica por qué: de ella ha resplandecido Cristo, el Sol de Justicia, que destruye la muerte y concede la vida eterna.
Que la Santísima Theotokos nos enseñe a recibir la Palabra con fe, a obedecer sin miedo, a conservar la esperanza en medio de nuestras esterilidades y a ofrecer libremente nuestra voluntad a Dios. Para que nosotros también podamos decir, con humildad y verdad:
"He aquí el siervo o la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra".

❤️🔥 La Natividad de la Theotokos🙏🏼
TROPARIO- Tono 4
Tu Nacimiento, oh Madre de Dios,
anunció la alegría a todo el universo,
porque de ti surgió resplandeciente el Sol de Justicia,
Cristo nuestro Dios, Quien disolviendo la maldición,
nos concedió la bendición,
y pisoteando la muerte nos otorgó la vida eterna.
KONTAKIO- Tono 4
Por tu santo Nacimiento, oh Purísima,
Joaquín y Ana fueron librados de la pena de la esterilidad,
Adán y Eva, de la corrupción de la muerte,
y tu pueblo lo celebra siendo redimido de la culpa de sus transgresiones
al exclamar: “La estéril da a luz a la Madre de Dios,
la alimentadora de nuestra vida.”






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