☦️ La Cruz de nuestro Señor Jesucristo ✨

Domingo 16 Post-Pentecostés/TONO 7
Semana Anterior a la Exaltación de la Vivificante Cruz
EPÍSTOLA:
Gálatas 6:11-18
EVANGELIO:
Juan 3:13-17
COLOR LITÚRGICO:
Dorado
Hermanos amados, hoy la Palabra de Dios nos conduce al centro mismo del misterio de nuestra salvación: la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. San Pablo en la epistola a los gálatas proclama: «Yo solo me gloriaré en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál 6,14). Para el Apóstol, la Cruz no es un símbolo exterior ni una simple conmemoración de un sufrimiento pasado; es el lugar donde se manifiesta la victoria de Cristo, donde el hombre viejo comienza a morir y donde nace una nueva creación; «lo que vale es la nueva creación» (Gál 6,15).
La verdadera transformación del hombre no consiste simplemente en modificar conductas exteriores ni en identificarse mediante determinadas señales religiosas. La gracia de Cristo penetra en lo profundo de la persona y la renueva. El cristiano está llamado a morir al pecado y al dominio de este mundo para vivir en Cristo.
Esto nos permite comprender correctamente el Evangelio. Cristo dice: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del Hombre» (Jn 3,13). Él no es simplemente un maestro que comunica conocimientos acerca de Dios: es el Verbo eterno que viene del Padre y entra verdaderamente en nuestra condición humana para conducirla nuevamente a la vida.
Entonces el Señor nos recuerda la serpiente de bronce levantada por Moisés en el desierto: «Así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre» (Jn 3,14). Y aquí encontramos una imagen profundamente terapéutica, los israelitas heridos por las mordeduras de las serpientes miraban la serpiente levantada y vivían; nosotros, heridos por el pecado y sometidos a la muerte, contemplamos al Crucificado y recibimos la vida.
San Juan Crisóstomo explica que, mientras aquella serpiente sanaba las heridas temporales, Cristo sana las heridas producidas por el pecado y la muerte; allí se contemplaba con los ojos corporales, mientras que en Cristo la mirada de la fe alcanza una realidad mucho más profunda. Por eso la comprensión ortodoxa de la salvación no debe reducirse a un proceso meramente jurídico, como si el hombre fuera solamente un culpable ante un tribunal y la obra de Cristo consistiera exclusivamente en pagar esa pena. La tradición de los Santos Padres contempla al hombre como una criatura herida por el pecado, oscurecida en su entendimiento, esclavizada por las pasiones y sometida a la corrupción y a la muerte.
Por eso Cristo viene como Salvador y Médico: asume nuestra humanidad, la une a su divinidad, vence el pecado, destruye la muerte y restaura nuestra naturaleza. San Atanasio explica que, cuando el hombre necesitaba ser sanado, el Médico y Salvador debía venir precisamente a nuestra condición para curar aquello que había enfermado.
Y entonces comprendemos mejor las palabras: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único» (Jn 3,16). La fuente de nuestra salvación es el amor de Dios. El Padre no envía al Hijo porque deje de amar al hombre, sino precisamente porque lo ama. «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,17).
Esto también nos ayuda a comprender qué significa la condenación. No debemos imaginar a Dios como alguien que busca activamente la perdición del hombre. Cristo viene como Luz, Vida y Medicina. El problema aparece cuando el hombre rechaza esa Luz.
El juicio manifiesta entonces la verdad del corazón: quien ama la luz se acerca a ella, mientras quien deliberadamente la rechaza permanece en las tinieblas. La condenación es así la consecuencia del rechazo de la vida ofrecida por Dios, no una voluntad divina arbitraria de destruir al hombre.
La Cruz, por tanto, es simultáneamente trono, altar, victoria y medicina; en ella contemplamos hasta dónde llega el amor de Dios y hasta dónde llega la misericordia de Cristo. Él entra en nuestra muerte para destruir la muerte desde dentro y nos llama a participar de su vida.
Mis amados creyentes en cristo Jesús, no miremos la Cruz solamente como un objeto que llevamos sobre el pecho, miremos al Crucificado con los ojos de la fe, reconozcamos nuestras heridas, nuestras pasiones, nuestros pecados y nuestras tinieblas, y acerquémonos al Médico divino. Porque Cristo no vino simplemente a declarar que estamos perdonados: vino a hacernos nuevos. «Si alguno está en Cristo, es una nueva creación» (cf. Gál 6,15; 2 Cor 5,17).
Que la Cruz de Cristo sea nuestra gloria, nuestra medicina y nuestra esperanza; que su Luz ilumine nuestro corazón y que, rechazando las tinieblas del pecado, permanezcamos unidos a Aquel que nos amó y se entregó por nosotros, para que tengamos no solamente una existencia prolongada, sino la verdadera vida eterna en Él.
VISPERA A LA NATIVIDAD DE LA THEOTOKOS

Nuestra Santa Iglesia Ortodoxa celebra con alegría la Natividad de la Santísima Theotokos, acontecimiento que contempla el comienzo de la preparación inmediata para la Encarnación del Verbo. Según la santa tradición, Joaquín y Ana, avanzados en edad y sin hijos, recibieron por gracia de Dios a María; por eso su nacimiento es celebrado como el fruto de la oración y de la misericordia divina. En ella comienza a manifestarse aquella preparación por la cual Dios conduciría la humanidad hacia la venida de Cristo, El Hijo eterno «Quien se despojó de sí mismo y tomó la condición de siervo, haciéndose obediente hasta la muerte de Cruz» (Flp 2,6-8). Esta kénosis pertenece propiamente al misterio de Cristo, pero ilumina también la disposición de aquella que sería su Madre según la carne: humildad, obediencia y plena apertura a la voluntad de Dios.
En Marta y María en el evangelio de San Lucas contemplamos la primacía de escuchar la Palabra, mientras el Señor declara: «María ha escogido la mejor parte» (Lc 10,42). Y cuando una mujer de la multitud proclama bienaventurada a su Madre, Cristo revela el fundamento verdadero de esa bienaventuranza: «Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28). María es bienaventurada no solamente por haber llevado al Salvador en su seno, sino porque recibió con fe la Palabra y respondió obedientemente a la gracia. En la Natividad de la Theotokos, la Iglesia contempla con gratitud a aquella por medio de quien, en el designio de Dios, el Verbo asumiría verdaderamente nuestra humanidad para nuestra salvación.
TROPARIO- Tono 4
Tu Nacimiento, oh Madre de Dios,
anunció la alegría a todo el universo,
porque de ti surgió resplandeciente el Sol de Justicia,
Cristo nuestro Dios, Quien disolviendo la maldición,
nos concedió la bendición,
y pisoteando la muerte nos otorgó la vida eterna.
KONTAKIO- Tono 4
Por tu santo Nacimiento, oh Purísima,
Joaquín y Ana fueron librados de la pena de la esterilidad,
Adán y Eva, de la corrupción de la muerte,
y tu pueblo lo celebra siendo redimido de la culpa de sus transgresiones
al exclamar: “La estéril da a luz a la Madre de Dios,
la alimentadora de nuestra vida.”
Santoral
Domingo 16 Post-Pentecostés/TONO 7/
Víspera-Natividad-Theotokos
Sem Ant-Exaltación:
(Gal 6:11-18/Jn 3:13-17)
Domingo 20:
Sozonte Martir (304)
(Ef 6:10-17 /Jn 15:17-16:2)
(2Cor 6:1-10/Mt 25:14-30)
Lunes 21:
NAVIDAD DE LA THEOTOKOS
(Fil 2:5-11 /Lc 10:38-42,11:27-28)
(Ef 1:22-2:3/Mc 10:46-52)
Semana 17 Post-Pentecostés/Tono 7
Martes 22:
Joaquín/Ana: Padres de la Theotokos
(Gal 5:22-6:2/Mt 11:27-30)
(Ef 2:19-3:7/Mc 11:11-23)
Miércoles 23:
Minodora,Metrodora,Ninfodora/
Pablo-Cuevas-Kiev
(Ef 3:8-21/Mc 11:23-26)
Jueves 24:
Teodora-Alejandría-480/ San Eufrosino de Palestina (IX)
(Ef 4:14-19/Mc 11:27-33)
Viernes 25:
Autónomo GrMr/313/ Apód-Navd-Theotokos
(Fil2:5-11/Lc10:38-42,11:27-28)
(Ef 4:17-25/Mc 12:1-12)
Sábado 26:
Cornelio el centurión; Martir (Siglo I)
(Ef 3:1-4/Mt 16:13-18)
(1Cor 2:6-9/Mt 10:37-6:1)
Vigilia de la Exaltación de la Cruz






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