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❤️‍🩹Domingo 6 Posterior a Pentecostés/ TONO 5

11 jul
7 min de lectura

Boletín ortodoxo Nro. 908/ Año XIX-07
Boletín ortodoxo Nro. 908/ Año XIX-07

EPÍSTOLA:

Romanos 12:6-14

EVANGELIO:

Mateo 9:1-8

COLOR LITÚRGICO: 

Dorado


Las lecturas de este domingo nos conducen a un encuentro profundo con la acción de Dios en la vida del ser humano. San Pablo, en la carta a los Romanos, nos habla de los deberes cristianos, de la vida en comunidad, de los dones que cada uno recibe para edificar el cuerpo de Cristo. Y el evangelista San Mateo nos presenta la curación del paralítico, un episodio que revela la autoridad divina de Jesús y la fuerza transformadora de la fe. Ambas lecturas, unidas, nos muestran cómo la gracia actúa en el corazón humano, cómo Cristo sana desde dentro, cómo la comunidad sostiene al débil y cómo la vigilancia espiritual nos libra de caer en la soberbia que paraliza el alma.


Después del encuentro de Jesús con los endemoniados gadarenos, se presenta esta escena en la que unos hombres llevan a un paralítico ante el Maestro. Jesús siempre pedía fe a los enfermos, ya fueran dolencias físicas, psíquicas o incapacidades profundas. Pero no siempre la fe se exigía solo al enfermo. En este pasaje, la fe es compartida: la del paralítico, que se deja conducir, y la de quienes lo llevan, convencidos de que Jesús puede hacer lo que nadie más puede. De no haber creído, el enfermo jamás habría permitido ser transportado, y menos aún ser descolgado desde el techo, como narra con más detalle San Marcos. La fe aquí es activa, creativa, perseverante; es una fe que vence obstáculos, que no se rinde ante las dificultades, que busca a Cristo con audacia.


Cuando Jesús tiene delante al paralítico, no se apresura a curar su cuerpo. Él va primero a lo invisible, a lo que sostiene o destruye la vida: el alma. “Tus pecados te son perdonados”. Cristo sana la raíz antes que la rama. La verdadera parálisis no es la física, sino la interior: la soberbia, la autosuficiencia, la arrogancia espiritual, la incapacidad de amar, la falta de oración. Jesús toca lo que nadie ve, lo que nadie puede sanar por sí mismo. Y es aquí donde los enemigos de Jesús —los escribas— le ofrecen, sin quererlo, la ocasión para manifestar su autoridad divina. Jesús conoce sus pensamientos sin que nadie se los diga; es un conocimiento sobrenatural, fruto del Espíritu, que revela su dignidad única y su poder exclusivo de perdonar los pecados. Ellos murmuran en su corazón, pero el Señor lee lo que está oculto. La vigilancia espiritual consiste precisamente en evitar que nuestro corazón se convierta en ese lugar de murmuración, de juicio, de orgullo que impide reconocer la gracia.

“Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados…”. Esta es la razón profunda de la curación física. Jesús muestra que la salud eterna —el perdón— es más importante que la salud del cuerpo. La enfermedad no es necesariamente castigo, como pensaban los judíos y como aún hoy predican algunas corrientes de la llamada teología de la prosperidad, esa nueva idolatría que confunde el Evangelio con bienestar material. Cristo restituye al hombre su condición de salvado, liberándolo del pecado y de la parálisis. La palabra de Jesús —“Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”— es la fuerza del Altísimo que rompe toda parálisis física y espiritual. Su palabra eficaz despierta a la humanidad dormida y le da el don de caminar con fe renovada.


San Pablo, por su parte, nos recuerda que los dones que recibimos son gracia, no mérito. Cada carisma debe ejercerse con humildad, con sobriedad espiritual, con amor sin fingimiento. La vida cristiana es una liturgia continua: el que enseña, que enseñe con claridad; el que exhorta, que exhorte con ternura; el que sirve, que sirva con alegría; el que gobierna, que lo haga con celo; el que da, que lo haga con sencillez. Pablo nos invita a preferir al hermano antes que a nosotros mismos, a ser fervientes en el espíritu, a ser constantes en la oración, a practicar la hospitalidad, a bendecir incluso a los que nos persiguen. Todo esto es vigilancia espiritual. Todo esto es permitir que Cristo transforme nuestro desierto interior.


Porque los desiertos no son solo físicos. Hay desiertos del alma donde la arrogancia levanta muros tan altos que ni la brisa del Espíritu puede entrar. Hay desiertos donde el hombre cree que no necesita a Dios, donde la autosuficiencia seca la oración, donde la vanagloria paraliza el corazón. En esos desiertos, Jesús nos llama a velar. La vigilancia no es miedo, es lucidez. Es reconocer que la soberbia seca el alma, que la falta de humildad convierte los dones en instrumentos de división, que la ausencia de oración nos deja vulnerables. En medio de esos desiertos, Cristo se acerca y nos dice: “Tus pecados te son perdonados”. Y cuando acogemos esa palabra, el alma se levanta, toma su historia y vuelve a la vida con humildad y gratitud.


Aun así, en nuestro camino aparece el hermano difícil, el ignorante, el que no entiende, el que discute sin saber. Qué inútil es discutir con él, pero qué necesario es acogerlo con ternura. La Iglesia no crece por victorias dialécticas, sino por gestos de misericordia. Pablo lo dice con claridad: “Bendigan a los que los persiguen”. La bendición es la forma más alta de vigilancia espiritual, porque solo quien está unido a Cristo puede responder al conflicto con mansedumbre.


Por eso, aun en medio de nuestras enfermedades y fragilidades, el cristiano debe reconocerse necesitado de Dios y acudir con frecuencia al Sacramento de la Reconciliación, donde opera el Tribunal de la Misericordia y donde los milagros interiores se repiten sin cesar. Allí Cristo vuelve a decirnos: “Tus pecados te son perdonados”. Allí el alma paralizada vuelve a levantarse. Allí el desierto vuelve a florecer.


Y así, cuando el Señor me encuentra en mi propio desierto, no me reprocha, sino que me ofrece agua viva. Me invita a dejar mis cántaros de orgullo, a preferir al hermano antes que a mí mismo, a servir con sencillez, a orar sin cansancio. Y entonces comprendo que la vida cristiana no es escapar del desierto, sino permitir que Cristo lo transforme en un jardín donde florecen los dones, la humildad y la caridad sin hipocresía.


Oh Dios, perdóname a mí pecador y ten misericordia de mí.



Fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo


Lecturas: 

2Cor 11:21-12:9/ Mt 16:13-19

Color: Dorado 

 

  La Iglesia celebra hoy la memoria luminosa de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, columnas de la fe, maestros del mundo y heraldos del Evangelio. Su fiesta conjunta expresa la unidad profunda de la Iglesia, edificada no sobre la uniformidad, sino sobre la comunión de dones diversos que convergen en Cristo.

 

En la tradición iconográfica, el abrazo de Pedro y Pablo es uno de los símbolos más elocuentes de esta unidad. El icono clásico los muestra estrechándose con el ósculo de la paz. Este gesto ha sido interpretado de varias maneras: como la reconciliación después de la tensión vivida en Antioquía; como el encuentro entre Oriente y Occidente, representados en Pablo y Pedro respectivamente; o como la despedida antes del martirio, cuando ambos se preparan para entregar su vida por Cristo en Roma. Esta última lectura, profundamente venerada en la tradición ortodoxa, revela la madurez espiritual de dos hombres que, habiendo recorrido caminos distintos, se unen en la misma confesión y en la misma corona.

 

Pedro, hijo de Jonás, es el primero en confesar: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16:16). Por esta revelación del Padre, recibe la misión de fortalecer a sus hermanos y apacentar el rebaño de Cristo. Su virtud principal es el amor ardiente, un celo que lo lleva a seguir al Señor incluso en la debilidad y el arrepentimiento. Pablo, fariseo formado bajo Gamaliel, ciudadano romano y predicador políglota, es el apóstol de los gentiles, testigo de la gracia que transforma al perseguidor en evangelizador. Su vida es un himno a la fuerza de Dios en la debilidad: “Mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Cor 12:9). Pablo predicó el Evangelio en Roma durante su cautiverio, según el testimonio bíblico. La presencia de Pedro en Roma no está documentada en la Escritura, pero la tradición apostólica más antigua afirma que ambos consumaron allí su martirio bajo Nerón. Su muerte común por Cristo es el sello de su unidad y la razón por la cual la Iglesia los celebra inseparablemente.

 

Recordar a Pedro y Pablo es honrar sus sufrimientos, venerar su fe verdadera, contemplar su vida santa y admirar la pureza de su confesión. Ellos son modelos para nosotros, porque, como enseña el apóstol: “Para ser semejantes a ellos” (cf. 2 Tes 3:5–9), debemos estimar su virtud y esforzarnos en imitar sus hazañas espirituales. El camino cristiano, que antes parecía más arduo y espinoso, se vuelve más ligero porque “estamos rodeados de una gran nube de testigos” (Heb 12:1). Cristo, “autor y consumador de nuestra fe” (Heb 12:2), recorrió primero la senda; los apóstoles la siguieron; luego los mártires, vírgenes, niños y una multitud innumerable. La fuerza que actuó en ellos es la misma que sostiene hoy a la Iglesia: Cristo mismo, quien dijo: “Sin mí, nada podéis hacer” (Jn 15:5). Por eso su martirio no es derrota, sino victoria; no es final, sino coronación. El abrazo de Pedro y Pablo es el abrazo de la Iglesia: una, santa, católica y apostólica, unida en Cristo y fortalecida por la gracia que vence toda división.

 

Santoral

Domingo 6 Post-Pentecostés/ TONO 5      

Domingo 12:

Aps: PEDRO y PABLO/ Unidad de la Verdadera Iglesia Ortodoxa

(2Cor 11:21-12:9/Mt 16:13-19)/(Rm 12:6-14/Mt 9:1-8)


Semana 7 Post-Pentecostés/Tono 5

Lunes 13: 

Sinaxis de los DOCE APÓSTOLES

(1Cor 4:9-16/ Mc 3:13-19) (1Cor 5:9-6:11/Mt 13:54-58)


Martes 14: 

Snts Taumaturgos, Anárgiros y Mártires: Cosme y Damian

(1Cor 12:27-13:8/Mt 10:1,5-8)/(1Cor 6:20-7:12/Mt 14:1-13)


Miércoles 15: 

Deposición -vestiduras -Theotokos en Blaquernas, 458

(1Cor 7:12-24/Mt 14:35-15:11)


Jueves 16: 

Jacinto Mártir, II/ Anatolio Ob-Constantinopla, 458

(1Cor 7:24-35/Mt 15:12-21)


Viernes 17: 

San Andrés Rublev, pintor (XV) / Sts Mrs-Rusia Zar Nicolas II y Familia

(1Cor 7:35-8:7/Mt 15:29-31)


Sábado 18: 

Elisabeth y la monja Bárbara,(1918)/

Icono-Madre de Dios:"Economissa (Экономисса)"

(Rm 12:1-3/Mt 10:37-11:1)

 
 
 

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