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👑 Parábola del Rico y Lázaro 😇🌿🍇

  • Foto del escritor: ☦️ Rev_P. Estefan
    ☦️ Rev_P. Estefan
  • 1 nov 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 1 nov 2025

Boletín Nro. 872/ Año XVIII-25
Boletín Nro. 872/ Año XVIII-25

Domingo 21 Post-Pentecostés/ TONO 4

EPÍSTOLA:

Gal 2:16-20

EVANGELIO: 

Lc 16:19-31

COLOR LITÚRGICO: 

Dorado

 

El Evangelio de hoy nos presenta una parábola llena de contraste: “Había una persona rica que se vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas; y había uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto al portal y cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico” (Lc 16:19–21). En pocas líneas, Cristo retrata dos mundos: el del lujo y la indiferencia, y el del dolor y la espera. El rico, al que la tradición llama epulón, vive rodeado de abundancia, pero su corazón está vacío. Lázaro, en cambio, nada posee sino su esperanza en Dios. Cuando ambos mueren, el escenario se invierte: “Sucedió que murió el mendigo y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; murió también el rico y fue sepultado. Y en el infierno, levantando sus ojos, estando en tormentos, vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno” (Lc 16:22–23). No se dice que el rico haya cometido grandes crímenes; su condena es la omisión, la dureza de un corazón que no supo ver al pobre que Dios había puesto a su puerta.

 

Sobre esta parábola, San Juan Crisóstomo, el gran maestro de la misericordia y la justicia evangélica, nos ofrece una profunda meditación. Él pregunta: “Conviene preguntarnos por qué el rico ve a Lázaro en el seno de Abraham y no en compañía de otro justo. Es porque Abraham había sido hospitalario. Aparece, pues, al lado de Lázaro para acusar al rico epulón de haber despreciado la hospitalidad.” El santo recuerda que Abraham, al acoger a tres peregrinos bajo el encinar de Mambré (Génesis 18:1–8), recibió sin saberlo a los ángeles y al mismo Señor. Por eso, añade Crisóstomo: “El patriarca actuó de modo totalmente distinto. Sentado a la entrada de su tienda, extendía la mano a todo el que pasaba... Así, pues, recogiendo a hombres en sus redes, Abraham llegó a hospedar a ángeles, ¡cosa sorprendente!, sin darse cuenta de ello.

 

Y comenta también el pasaje de Hebreos 13:2: “No olvidéis la hospitalidad, pues gracias a ella algunos hospedaron, sin saberlo, a ángeles.” Abraham no sabía a quién recibía; esa es precisamente su grandeza. Su amor no era interesado ni selectivo. En cambio, el rico de la parábola sabía perfectamente quién estaba a su puerta, pero eligió mirar hacia otro lado. Crisóstomo concluye con una lección que atraviesa los siglos: “Llama la atención y es verdaderamente admirable ofrecer una acogida llena de bondad al primero que llega, a la gente desconocida y ordinaria.” En otras palabras, el verdadero mérito no está en recibir a los poderosos, sino en abrir el corazón al pobre, al enfermo, al extranjero, al olvidado.

 

El rico no fue condenado por ser rico, sino por haber cerrado su corazón. Su pecado no fue la posesión, sino la indiferencia. Los bienes materiales son neutros; su valor depende del uso que les demos. Jesús no condena la riqueza, pero sí la falta de compasión. La posesión sin caridad se convierte en idolatría; y cuando el hombre adora lo que tiene, deja de adorar al Creador. El abismo que en la parábola separa al rico de Lázaro en la otra vida es el reflejo del abismo que él mismo cavó en la tierra: el abismo entre su banquete y el hambre del mendigo. Y cuando suplica desde el tormento, pidiendo que Lázaro moje su dedo en agua para refrescar su lengua, Abraham le responde con dolorosa justicia: “Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes en vida, y Lázaro males; ahora él es consolado aquí, y tú atormentado” (Lc 16:25). No se trata de un castigo arbitrario, sino de una revelación de la verdad: lo que cada uno siembra, eso cosecha.

El Evangelio nos enseña que la misericordia no es un acto opcional, sino el camino mismo de la salvación. Jesús lo dijo en el Sermón del Monte: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5:7). Y el Salmo 41 proclama: “Dichoso el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará el Señor.” El cristiano que ha sido redimido por la sangre de Cristo está llamado a reflejar ese amor en sus obras. El pan que guardamos pertenece al hambriento; la ropa que no usamos, al desnudo; la casa que cerramos, al peregrino que necesita refugio. Cristo está presente en los pobres. Cada vez que tendemos la mano al necesitado, tocamos las llagas del Señor. No es un gesto filantrópico, es un acto de fe. Como dice San Juan: “Si alguno tiene bienes de este mundo y ve a su hermano pasar necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? (1 Jn 3:17).

 

Volviendo a San Pablo, comprendemos que solo quien vive crucificado con Cristo puede abrir su corazón al otro. El egoísmo muere en la cruz; la caridad nace de la resurrección. La fe que justifica es la que transforma: “Ya no vivo yo, sino Cristo vive en mí.” Y si Cristo vive en mí, también vive en el pobre que se acerca a mi puerta, en el enfermo que espera una visita, en el hermano que necesita consuelo. La hospitalidad no es solo recibir al viajero, sino hacerle espacio a Cristo en nuestro corazón. Cada gesto de compasión es un altar donde el Señor se hace presente.

 

El rico de la parábola no tuvo nombre ante Dios, porque solo el amor da identidad eterna. Lázaro, en cambio, cuyo nombre significa “Dios es mi ayuda”, fue llevado al seno de Abraham, símbolo de la comunión con el Padre. Pidamos hoy la gracia de vivir con un corazón hospitalario, compasivo y libre. Que el Espíritu Santo quite de nosotros toda indiferencia y nos haga administradores fieles de los dones recibidos. Porque, como enseñó San Juan Crisóstomo, no es admirable recibir a un personaje célebre, sino abrir la puerta al desconocido y al pobre con bondad y alegría. Que Cristo, que se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su amor, habite en nuestra fe y en nuestras obras. Y que, cuando llegue nuestro día, Él nos encuentre, como a Lázaro, descansando en el seno de la misericordia eterna.

 

Amén.   


Gran Mártir Artemio De Antioquía


EPÍSTOLA: 2Tim 2:1-10

EVANGELIO: Jn 15:17-16:2

COLOR LITÚRGICO: Dorado

 

 Gran Mártir, fue un alto oficial del Imperio bajo Constantino el Grande, Artemio fue nombrado gobernador de Egipto y defendió la fe ortodoxa, participó en la traslación de las reliquias de los apóstoles Andrés y Lucas a Constantinopla. Durante el reinado de Juliano el Apóstata denunció públicamente su idolatría a los dioses paganos, por lo cual fue cruelmente torturado. Cristo se le apareció consolándolo y prometiéndole la corona eterna, fue decapitado en Antioquía, profetizando la muerte del emperador Juliano. Sus reliquias obraron milagros, y es venerado como protector de enfermos, los soldados y los perseguidos.

  

Santoral

 

Domingo 21 Post-Pentecostés/ TONO 4

Domingo 2 

Artemo Gr-Mr-362/ Varo Mr-307 

(Gal 2:16-20/Lc 16:19-31)


Semana 22 Post-Pentecostés/Tono 4

Lunes 3 

Hilarion el grande Mj-371

(Col 2:13-20/Lc  10:22-24)


Martes 4 

Icono de la Virgen de Kazan 

(Fil 2:5-11/Lc 10:38-42;11:27-28)

Abercio Ob-Hireápolis-IsoAp/7-niños-Efeso

(Col 2:20-3:3/Lc 11:1-10)


Miércoles 5 

Ap-Santiago hermano del Señor-Ob-Jerusalen 

(Gál 1:11-19/Mt 13:54-58) (Col 3:17-4:1/Lc 11:9-13)


Jueves 6 

(Aretas/Sisoé/Teófilo): Cuevas-Kiev

(Col 4:2-9/Lc 11:14-23)


Viernes 7 (Marciano/Martirio):Mrs-358

(Col 4:10-18/Lc 11:23-26)


Sábado 8 

Demetrio-Tesalónica Gr-Mr-306/Gr-sismo-Contspl-740

(2Tim 2:1-10/Jn 15:17-16:2) (2Cor 5:1-10/Lc 8:16-21)


     

 
 
 

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