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❤️‍🔥 Niéguese a sí mismo ☦️

3 oct
6 min de lectura
Niéguese a sí mismo
Boletín ortodoxo Nro. 920/ Año XIX-19

Domingo 18 Post-Pentecostés/TONO 1   

Post- Exaltación de la Vivificante Cruz

EPÍSTOLA:

Gálatas 2:16-20

EVANGELIO:

Marcos 8:34-9:1

COLOR LITÚRGICO: 

Morado


La Iglesia nos enseña que la costumbre nunca supera la verdad litúrgica. La tradición recibida no puede convertirse en una costumbre vacía cuando la Iglesia nos la ha transmitido, mediante su orden litúrgico, una verdadera pedagogía para nuestra salvación. Por eso, seguir el Typikón no es imponer nada extraño, sino permanecer fieles a la pedagogía que la Iglesia ha recibido y conservado. La Liturgia no es una obra particular del sacerdote, sino la oración de toda la Iglesia, y en ella cada celebración tiene un lugar y un sentido dentro del misterio de nuestra salvación.


Hemos anunciado la Cruz, la hemos exaltado y la hemos reconocido como parte de nuestra vida y de nuestro entendimiento. Desde el Antiguo Testamento se venía prefigurando esta verdad: Moisés elevó la serpiente en el desierto, y quienes la miraban eran sanados. Aquella figura anunciaba una realidad mayor: el Hijo del Hombre sería levantado en la Cruz para que el hombre, herido por el pecado y sometido a la muerte, encontrara en Cristo la salvación. Por eso se eleva la Cruz como instrumento de veneración, tratando de comprender, mediante este signo santo, nuestra propia vida y nuestro entendimiento acerca de las cosas de Dios.

En el domingo anterior a la Exaltación de la Santa Cruz retomamos el Evangelio de Juan, capítulo 3, versículos 13 al 17, donde nuestro Señor dice:

«Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo: el Hijo del Hombre. Y, del mismo modo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre».


Pablo responde a esta verdad revelada con las siguientes palabras:

«Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme, si no es de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo» (Ga 6:14).

San Juan Crisóstomo interpreta esta palabra mostrando que aquello que el mundo considera vergonzoso se convierte, para el cristiano, en motivo de gloria, porque por la Cruz Cristo manifestó su amor y su entrega por nosotros.


Los Santos Padres de la Iglesia comprendieron estos pasajes y los expresaron en la confesión de nuestra fe:

«Quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó de los cielos (...) fue crucificado por nosotros bajo Poncio Pilato».

La Cruz, por tanto, no aparece como un acontecimiento aislado ni como una desgracia inesperada en la vida de Cristo. Es el centro visible de la obra redentora de Aquel que «por nosotros los hombres y por nuestra salvación» descendió de los cielos.


En el domingo propiamente de la Exaltación de la Cruz —y debemos tener presente que no todos los años esta fiesta cae en domingo— la Iglesia resalta de manera especial este misterio dentro del año eclesiástico. No se trata de reemplazar arbitrariamente el ciclo común de la Liturgia, sino de recibir una iluminación particular que nos conduce nuevamente al corazón de la predicación apostólica: la muerte y la Resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Aquí contemplamos una realidad histórica que conviene resaltar, porque para muchos la adoración de la Cruz puede resultar escandalosa e incluso incomprensible; pero para quienes la entendemos en la fe de la Iglesia, la Cruz se convierte en instrumento de salvación. La misma Cruz que el mundo consideró signo de vergüenza se convierte, en Cristo, en signo de victoria.


Este signo de Cristo crucificado nos muestra que nuestra ignorancia puede ser iluminada, nuestras enfermedades sanadas y nuestro pecado vencido. Pensemos por un instante en la agonía de Cristo en la Cruz. Aquel que padecía era el Hijo que había bajado del cielo; el Justo, el Santo, el Inocente, Aquel que no necesitaba morir por causa de pecado alguno. Y, sin embargo, aceptó voluntariamente la Cruz por nosotros. No hay muerte humana que pueda compararse con esta muerte, porque en ella el Autor de la vida entra voluntariamente en la muerte para destruir su poder. La Cruz nos invita, por tanto, a colocar con esperanza nuestros sufrimientos cotidianos delante de Cristo, no para glorificar el sufrimiento en sí mismo, sino para aprender de Él a entregar nuestra vida a Dios.


Y ya llegados a este tercer domingo, Cristo nos sigue corrigiendo en el capítulo 8 de san Marcos:

«Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Aquí la Cruz pasa de ser anunciada y contemplada a convertirse en camino de vida. San Juan Crisóstomo explica que Cristo no habla solamente de soportar una dificultad ocasional, sino de una disposición permanente a morir al mundo y permanecer fiel a Él.


Pablo entendía muy bien estas palabras. Jesús dice: «Ven en pos de mí», y Pablo responde: «Cristo vive en mí». Jesús dice: «Niéguese a sí mismo», y Pablo responde: «Ya no vivo yo». Jesús dice: «Toma tu cruz», y Pablo responde: «Estoy crucificado con Cristo». Jesús dice: «Pierda su vida por mí y por el Evangelio», y Pablo responde: «Vivo para Dios». Jesús dice: «Por causa de mí y del Evangelio», y Pablo responde: «Vivo en la fe del Hijo de Dios». Jesús dice: «No te avergüences de mí», y Pablo, una vez más, responde con toda su vida: «No desecho la gracia de Dios». La tradición patrística entiende esta «muerte» no como destrucción de la persona, sino como muerte al pecado, al dominio de las pasiones y a aquello que separa al hombre de Dios.


Visto de esta manera, antes de predicar estas palabras, Cristo ya había confrontado a un discípulo que acababa de confesar que Él era el Hijo de Dios. Pedro no comprendía todavía que el Mesías debía pasar por la Cruz y quiso apartarlo del sufrimiento. Después encontramos a Pablo, que había perseguido a la Iglesia y que, tras su encuentro con Cristo, terminó confesándolo con una fuerza extraordinaria. No porque Pablo fuera mejor que Pedro, sino porque su propia vida se convirtió en testimonio de la misericordia de Cristo: aquel que había perseguido a la Iglesia terminó entregando su vida por Aquel a quien antes perseguía. La Cruz que primero rechazó en nombre de su propia comprensión terminó convirtiéndose en la única gloria de su vida.


Los Santos Padres de la Iglesia comprendieron fuertemente estas palabras, y por eso en nuestras Liturgias proclamamos a gran voz:

«Lo tuyo, de lo tuyo te lo ofrecemos, por todo y para todos».

En estas palabras se manifiesta la lógica de la entrega: recibimos de Dios y a Dios le ofrecemos lo suyo. Toda nuestra existencia está llamada a convertirse en una respuesta de amor y entrega a nuestro gran Dios y Salvador. La vida cristiana no consiste en conservarnos para nosotros mismos, sino en entregarnos a Aquel que primero se entregó por nosotros.


Pero todo esto todavía no termina. Nos falta escuchar una de las palabras más preciosas de nuestro Salvador, y hoy tiene que resonar con gran fuerza:

«Yo os aseguro que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios».

Y es por una razón muy profunda que este pasaje se complementa con lo que viene inmediatamente después: el Evangelio continúa con la Transfiguración. Pedro, Santiago y Juan contemplarán anticipadamente la gloria de Cristo en el monte. La tradición patrística ha visto en esta manifestación una anticipación de la gloria de la segunda venida. El Reino ya ha sido inaugurado por Cristo mediante su Encarnación, su Cruz y su Resurrección, pero todavía esperamos su manifestación plena. Por eso confesamos:

«Y vendrá otra vez con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos, y su reino no tendrá fin. (...)

Espero la resurrección de los muertos y la vida del siglo venidero».

El Reino está ya presente en Cristo y en la vida de la Iglesia, pero esperamos el día en que será manifestado plenamente ante toda la creación.

Niéguese a sí mismo

Tres domingos cargados de teología pura que no podemos dejar pasar desapercibidos, y una sola revelación transmitida por la Iglesia: una Cruz anunciada, una Cruz elevada, una Cruz vivida. Un arco pedagógico que va desde la revelación hasta el compromiso, desde la contemplación hasta la participación. Porque perdernos esta continuidad litúrgica significa perder una parte importante de la pedagogía con la que la Iglesia nos conduce al verdadero mensaje del discipulado cristiano: profesar a Cristo sin miedo ni vergüenza, tomar nuestra cruz y seguirlo.


La Cruz se anuncia; la Cruz se contempla; la Cruz se abraza. Y quien abraza la Cruz de Cristo no camina hacia la muerte como hacia un vacío, sino hacia la vida del Reino. Porque la Cruz no es el final: la Cruz conduce a la Resurrección, y la Resurrección conduce a la manifestación gloriosa del Reino de Dios.


Santoral

Domingo 18 Post-Pentecostés/ TONO 1


Domingo 4: 

Cuadrato Ob-Atenas/70Ap-I

(Gal 2:16-20/Mc 8:34-9:1)


Lunes 5: 

Profeta Jonás Siglo VIII a.C. 

(Fil 1:1-7/Lc 3:19-22)


Martes 6: 

Concepción del Prof-Prec. San Juan Bautista 

(Gal 4:22-31/Lc 1:5-25) (Fil 1:8-14/Lc 3:23-4:1)


Miércoles 7: 

Santa Tecla, Igual a los Apóstoles Mr-Iconio

(Fil 1:12-20/Lc 4:1-15)


Jueves 8: 

Reposo-San Sergio-Radonezh-1392 

(Gal 5:22-6:2/Lc 6:17-23) (Fil 1:20-27/Lc 4:16-22)


Viernes 9: 

Rep. Ap-Ev Juan /San Tikon Met-Moscú 

(1Jn 4:12-19/Jn 19:25-27;21:24-25)

(Fil 1:27-2:4/Lc 4:22–30)


Sábado 10: 

Calistrato y Compañeros Mr-304

(1Cor 15:58-16:3/Lc 4:31–36)     

 

 
 
 

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