☦️ Exaltación de la Santa y Vivificante Cruz

Domingo 17 Post-Pentecostés/TONO 8
Exaltación de la Vivificante Cruz
EPÍSTOLA:
1Cor 1:18-24
EVANGELIO:
Jn 19: 6-11,13-20,25-28,30-35
COLOR LITÚRGICO:
Morado
La Fiesta de la ☦️ Exaltación de la Santa y Vivificante Cruz del Señor nos reúne para venerar el santo Árbol de la Cruz, instrumento de nuestra salvación y signo de victoria. La Iglesia no contempla la Cruz como un instrumento de ejecución, sino donde se manifestó el amor de Dios y comenzó la victoria de la Vida.
Tras la crucifixión, El sepulcro, la Resurrección y la Ascensión de Cristo, la Santa Cruz permaneció oculta durante siglos. Y después de la destrucción de Jerusalén en el año 70, muchos lugares santos fueron abandonados, olvidados o cubiertos por construcciones paganas. Sin embargo, aquello que había sido ocultado no podía permanecer para siempre oculto. La Cruz fue hallada nuevamente y, con ella, la Iglesia recibió la ocasión de proclamar solemnemente aquello en lo que jamás había dejado de creer: “por la Cruz vino nuestra salvación”.
Por eso la Exaltación no es únicamente un recuerdo histórico. Es la elevación solemne de la Cruz para que el pueblo cristiano venere el signo de nuestra redención. La Cruz es nuestro santuario, nuestra gloria y nuestra espada espiritual, porque Cristo la hizo instrumento de victoria.
Como enseña un gran Padre de la Iglesia: “La cruz es la cabeza de nuestra salvación; La cruz es la causa de innumerables beneficios. Por medio de él, nosotros, que antes éramos ignominiosos y rechazados por Dios, ahora somos aceptados en el número de hijos; a través de él ya no permanecemos en el error, sino que hemos llegado a conocer la verdad; a través de él, nosotros, que antes habíamos adorado a los árboles y las piedras, ahora llegamos a conocer al Salvador de todos; por él, nosotros, que éramos esclavos del pecado, llegamos a la libertad de la justicia; por él, la tierra finalmente se convirtió en cielo”.
La Cruz, por tanto, no es una derrota que la Iglesia intenta embellecer. Es precisamente en aquello que parecía fracaso donde Dios manifiesta su victoria. El Salvador aceptó voluntariamente la más dolorosa de las ejecuciones y “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz”. Este misterio supera el entendimiento: la Vida acepta la muerte; el Rey de la gloria es elevado sobre un madero; Aquel ante quien se inclinan los cielos extiende voluntariamente sus manos para salvar al hombre.
Por eso la Cruz se convirtió en “la fortaleza de los santos, la luz del universo entero”. Como una lámpara colocada en lo alto y que disipa las tinieblas, Cristo, levantado sobre la Cruz y medio del mundo oscurecido por el pecado, manifestó la luz de la salvación.
La Cruz es también el signo permanente de nuestra vida cristiana. Desde nuestra infancia hasta nuestra muerte llevamos la Cruz sobre el pecho; comenzamos y terminamos nuestras obras con la señal de la Cruz; santificamos nuestros hogares y nuestras acciones con ella. No lo hacemos como un gesto vacío, sino confesando que pertenecemos a Cristo.
La Cruz también nos enseña a llevar nuestra propia cruz. No porque el sufrimiento sea bueno por sí mismo, sino porque Cristo nos ha mostrado cómo permanecer fieles a Dios en medio de las pruebas. La Cruz se convierte así en escuela de perseverancia. Como se expresa en las palabras atribuidas a San Juan Crisóstomo: “Mira”, parece decir Cristo, “lo que Mi Cruz ha realizado; Haz este tipo de arma y haz lo que quieras. Que (el seguidor de Cristo) esté tan dispuesto a sufrir el matadero y ser crucificado en la cruz, dice el Señor, como dispuesto está el que lleva la cruz sobre sus hombros; que se considere tan próximo a la muerte. Ante tal persona, todo el mundo queda asombrado, porque no tememos tanto a quien está armado con innumerables armas humanas y con un fuerte coraje como a una persona dotada de tal fuerza”.
La fuerza del cristiano no depende de armas humanas, sino de la fidelidad a Dios. Cristo no es exaltado para glorificar la Cruz; la Cruz es exaltada para que Cristo sea glorificado. Nuestra esperanza no está en la madera por sí misma, sino en Aquel que sobre ella fue crucificado, murió y resucitó. La Cruz es santa y vivificante porque en ella estuvo el Salvador, y porque mediante ella se manifestó su amor hasta el extremo.
Aunque no contemplemos físicamente el Árbol del Calvario, la Cruz permanece indeleblemente inscrita en nuestros corazones. Su imagen está en el templo, sobre nuestro pecho y en nuestros hogares. Y con toda la Iglesia proclamamos:
¡Venid, fieles, adoremos el árbol vivificante, sobre el cual Cristo, Rey de la gloria, extendió voluntariamente su mano, ¡elevándonos a la primera bienaventuranza!
Ante la Cruz, adoremos a Cristo. Agradezcamos nuestra salvación. Ante la Cruz, aprendamos a permanecer fieles. Porque aquel Árbol que parecía anunciar la derrota se convirtió en el Árbol de la Vida, y aquella muerte que parecía el final se convirtió, por el poder de Cristo, en el comienzo de nuestra esperanza y de nuestra Resurrección.
San Juan Crisóstomo, Arzobispo de Constantinopla

San Juan Crisóstomo, nacido en Antioquía en el siglo IV, fue uno de los grandes maestros de la Iglesia, formado en la Escritura y en la vida ascética. Su predicación ardiente y luminosa le mereció el nombre de Crisóstomo, “Boca de Oro”. Como arzobispo de Constantinopla defendió con firmeza la verdad del Evangelio y denunció los abusos de los poderosos, lo que le costó el destierro. En el exilio soportó enfermedades, hambre, frío y un largo viaje bajo custodia. Llegó finalmente a Comana, donde recibió los Santos Misterios y entregó su alma al Señor el 14 de septiembre del año 407, pronunciando según la tradición sus últimas palabras: “Gloria a Dios por todas las cosas”.
Su reposo coincide con la Fiesta de la Exaltación de la Honorable y Vivificante Cruz es un acto profundamente significativo. Su vida entera fue una proclamación de la Cruz: fidelidad en la prueba, fortaleza en el sufrimiento y esperanza perseverante. No venció por poder humano, sino permaneciendo fiel a Cristo. Cuando sus reliquias fueron trasladadas a Constantinopla, San Proclo las recibió solemnemente, reconociendo en su maestro un testigo de la Cruz vivida. Así, la memoria de Crisóstomo resplandece junto a la Cruz que él predicó y encarnó hasta el final.
Tropario. Tono 1
Salva, oh Señor, a tu pueblo y bendice tu heredad; concede a los fieles la victoria sobre el enemigo y a los tuyos guarda por el poder de tu Santa Cruz.
Kontaquio. Tono 4
Oh Tú que voluntariamente sobre la Cruz fuiste levantado, ten misericordia del nuevo pueblo llamado por tu Nombre, alegra con tu poder a los creyentes, oh Cristo Dios, otorgándoles victoria sobre el enemigo y que les sea tu auxilio un arma de paz y triunfo invencible.
Santoral
Dom-17 Post-Pentecostés/
TONO 8/EXALT-VIVIFICANTE CRUZ/
Rep-Jn-Crisóstomo
Mañ: Juan 12:28-36/
Lit- Ep: 1Cor 1:18-24/
Ev: Jn 19: 6-11,13-20,25-28,30-35
Domingo 27:
Rasposo de San Juna Crisóstomo
Semana 18 Post-Pentecostés/Tono 8
Lunes 28:
Deposición-Reliquias San Esteban Proto-Martir (415)
(Ef 4:25-32/Mt 23:13-22)
Martes 29:
Eufemia GrMr-304/ Cipriano Met-Kiev-1406
(Ef 5:20-26/Mt 23:23-28)
Miércoles 30:
Santa Sofía y sus hijas: (Fe, esperanza y Caridad) Mrs-301
(Ef 5:25-33/Mt 23:29-39)
OCTUBRE
Jueves 1:
Eumenio Ob-Gortina-III
(Ef 5:33–6:9/Mt 24:13.28)
Viernes 2:
Trofimio/Sabatios/Dorimedes: Mr-227
(Ef 6:18-24/Mt 24:27-33,42-51)
Sábado 3:
Eustacio/Esposa e hijos: Mrs-110
(1Cor 15:39-45/Mt 19:3-12)






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