✨☦️ El Hijo de la Viuda de Naín❤️
- ☦️ Rev_P. Estefan

- 18 oct 2025
- 6 Min. de lectura

Semana 19 Posterior a Pentecostés/TONO 2
EPÍSTOLA:
2Cor 11:31-12:9
EVANGELIO:
Lc 7:11-16
COLOR LITÚRGICO:
Dorado
El Evangelio nos presenta hoy una de las escenas más conmovedoras de la vida del Señor: el encuentro de Jesús con la viuda de Naín. A las puertas de aquella pequeña ciudad se cruzan dos procesiones: una que acompaña la vida, encabezada por Cristo, y otra que acompaña la muerte, donde una madre llora al hijo único que ha perdido. El Evangelio dice que Jesús, al verla, “se compadeció de ella”. No fue una emoción superficial, sino esa profunda conmoción que nace del corazón de Dios al ver el sufrimiento humano. Cristo no huye del dolor, no se aparta del luto ni del llanto, sino que entra en él, lo asume y lo transforma desde dentro.
El Señor se acerca, toca el féretro y pronuncia palabras que solo el Verbo eterno puede decir: “Joven, a ti te digo, levántate”. En ese instante, el muerto se incorpora y comienza a hablar, y Jesús se lo entrega a su madre. Todo el pueblo queda sobrecogido, reconociendo que “un gran profeta ha surgido entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo”. Pero detrás del milagro visible hay otro signo más profundo: la revelación de un Dios que no soporta ver a sus hijos presos del dolor y de la muerte. Lo que Jesús hace con aquel joven es un signo de lo que desea realizar en todo ser humano: devolvernos a la vida, resucitarnos del sepulcro del pecado, de la desesperanza, de la falta de fe.
Los Padres de la Iglesia recordaban que es mayor milagro resucitar un alma que resucitar un cuerpo, porque el cuerpo resucitado volverá a morir, pero el alma que despierta a la gracia vivirá para siempre. En este sentido, el milagro de Naín nos invita a mirar más allá de lo que los ojos ven. Muchos presenciaron el prodigio, pero pocos entendieron su sentido. Ver la resurrección física fue fácil; ver la resurrección espiritual exige los ojos del corazón. Hoy también podemos quedarnos en la superficie de los signos: asistir a la liturgia, oír la Palabra, conmovernos, pero no dejarnos transformar. El Señor, sin embargo, quiere que miremos más hondo, que le dejemos tocar nuestras propias tumbas interiores, aquellas donde hemos sepultado la esperanza, el amor o la misericordia.
Porque la muerte no siempre tiene rostro físico. Hay muertes del alma que pasan desapercibidas: la indiferencia, la falta de compasión, la corrupción, la acumulación de bienes mientras otros mueren de hambre, la intolerancia que destruye la convivencia. Todas ellas son sepulcros donde el hombre se encierra, donde la vida se apaga. Pero Cristo sigue pasando por nuestros caminos, sigue acercándose a las ciudades del dolor humano, sigue pronunciando su palabra: “Levántate”. Lo hace a través de la Iglesia, su Cuerpo vivo, que como madre se alegra cada vez que uno de sus hijos resucita espiritualmente. Así como la viuda recibió a su hijo vivo, la Iglesia se goza cada vez que un pecador retorna a la gracia, cuando una comunidad herida se reconcilia, cuando un corazón endurecido vuelve a amar.
Esta mirada sobre la debilidad y la fragilidad humana encuentra eco en la enseñanza de San Pablo. En la segunda carta a los Corintios, el Apóstol confiesa que aprendió a gloriarse no en sus triunfos, sino en sus debilidades. Descubre que precisamente allí, donde se siente pequeño e impotente, se manifiesta la fuerza de Dios. No se trata de un idealismo ingenuo ni de celebrar el dolor por el dolor, sino de reconocer que la gracia actúa con más evidencia cuando el hombre se vacía de sí mismo. “Te basta mi gracia —le dice el Señor—, porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. Así, Pablo transforma la lógica del mundo: mientras los hombres se glorían de sus éxitos, él se gloría de sus heridas, porque en ellas se transparenta la fidelidad divina.
Esta paradoja nos invita a revisar nuestros criterios. Con frecuencia valoramos la vida según la eficacia, el prestigio o el reconocimiento, pero el Evangelio y la epístola nos enseñan que el verdadero valor está en la fidelidad, en la humildad, en la confianza que se mantiene incluso cuando las cosas no salen como esperamos. La oración, como la de Pablo, no siempre cambia las circunstancias, pero cambia el corazón que ora. Nos enseña a aceptar que la gracia de Dios es suficiente, que incluso en la prueba hay una presencia que sostiene y da sentido.
Jesús, al devolver el hijo a su madre, no solo devuelve una vida, sino que restituye un tejido roto: la madre recupera su lugar, la comunidad recobra su esperanza. Esto nos interpela pastoralmente: nuestras prácticas eclesiales deben ser capaces de tocar ataúdes, de acompañar funerales, de sostener lágrimas, de acompañar en las casas y de ser manos que actúan con la misma gratuidad y cercanía de Jesús, a restituir la dignidad de quienes han sido heridos por la muerte del alma o la injusticia social. No basta con predicar; es necesario actuar con la misma compasión de Cristo, con gestos concretos que devuelvan vida a los pobres, a los marginados, a los que yacen en las tumbas del olvido.
El mensaje final de ambas lecturas se une en una sola verdad: donde el hombre experimenta su límite, allí se abre paso el poder de Dios; donde la muerte parece definitiva, allí Cristo resucita. Que sepamos escuchar su voz que nos dice hoy también: “Levántate”, y que la Iglesia, madre compasiva, pueda alegrarse al vernos vivos, caminando nuevamente con la fuerza de su gracia y la luz de su amor.
EL SANTO APÓSTOL TOMÁS

EPÍSTOLA: 1Cor 4:9-16
EVANGELIO: Jn 20:19-31
COLOR LITÚRGICO: Dorado
Tomás era originario de la ciudad Galilea de Paneada y se dedicaba a la pesca. Al escuchar el evangelio de Jesucristo, lo dejó todo y lo siguió.
Según el testimonio de la Sagrada Escritura, el Santo Apóstol no creyó las historias de otros discípulos sobre la resurrección de Jesucristo: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no tengo fe” (Jn 20:19-31). Al octavo día después de la resurrección, el Señor se apareció al apóstol Tomás y le mostró sus heridas. "¡Mi Señor y mi Dios!" exclamó el Santo Apóstol (Jn 20:28). "Tomás, que una vez fue más débil que los otros apóstoles en la fe", dice San Juan Crisóstomo, se hizo por la gracia de Dios más valiente, celoso e infatigable que todos ellos, de modo que anduvo con su predicación por casi toda la tierra, sin tener miedo de anunciar la Palabra de Dios a las naciones salvajes".
Según la Tradición de la Iglesia, fundó comunidades cristianas en Palestina, Mesopotamia, Partia, Etiopía e India. El apóstol selló la predicación del Evangelio con la muerte del martirio; por la conversión a Cristo del hijo y la esposa del gobernante de la ciudad india de Meliapora (Melipur), el Santo Apóstol fue encarcelado, sometido a torturas y finalmente traspasado con cinco lanzas partió al Señor. Partes de sus reliquias se encuentran en India, Hungría y el Monte Athos; su nombre está asociado con el icono árabe (o arapet) de la Madre de Dios.
“Cuando la incredulidad perturbe el alma, rezan al Santo Apóstol Tomás, como si él mismo hubiera pasado por este difícil estado”.
TROPARIO - Tono 2
Fuiste discípulo de Cristo y participante en el sagrado encuentro de los apostólicos, con falta de fe en la resurrección de Cristo, confirmando sus divinas llagas al tocar, Tomás glorificado por todos, y ahora nos pides paz y gran misericordia.
KONTAKIO -Tono 4
Lleno de la gracia de la sabiduría, el apóstol de Cristo y verdadero ministro, arrepentido te clamó: "Señor mío y Dios mío" (Jn 20:28).
Santoral
Domingo 19 Post-Pentecostés/ TONO 2
Domingo 19
Apóstol Tomás Siglo I
(1Cor 4:9-16/Jn 20:19-31)
(2Cor 11:31-12:9/Lc 7:11-16)
Semana 20 Post-Pentecostés/Tono 2
Lunes 20
Sergio/Baco: Mártires del Siglo II-297
(Fil 2:12-16/Lc 7:36-50)
Martes 21
Pelagia VirgMr-Penitente del monte de los Olivos-Siglo V-457
(Fil 2:16-23/Lc 8:1-3)
Miércoles 22
Apóstol Santiago (Hijo-Alfeo) Siglo I
(1Cor 4:9-16/Lc 10:16-21)
(Fil 2:24-30/Lc 8:22-25)
Jueves 23
Eulampio y Eulampia:
Mártires Siglo III-303-311
(Fil 3:1-8/Lc 9:7-11)
Viernes 24
Apóstol- 70 Felipe (Siglo I) /
Santa Zeneida y Filonila Mr-Siglo I
(Fil 3:8-19/Lc 9:12-18)
Sábado 25
Probo y comp Mr-Cilicia Siglo III-304/
San Cosme Ob-Maiuma Siglo VII-787
(2Cor 1:8-11/Lc 6:1-10)








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