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👑 Domingo del Hijo Pródigo/TONO 2

  • Foto del escritor: ☦️ Rev_P. Estefan
    ☦️ Rev_P. Estefan
  • hace 10 minutos
  • 5 Min. de lectura

Boletín Nro. 886/Año XVIII-37
Boletín Nro. 886/Año XVIII-37

2° Semana Preparatoria a Gran Cuaresma

 “El Hijo Pródigo”

EPÍSTOLA:

1Cor 6: 12-20

EVANGELIO: 

Lc 15: 11-32

COLOR LITÚRGICO:

Dorado

 

Queridos hermanos y hermanas, hoy la Palabra de Dios nos invita a mirar con sinceridad nuestra vida, nuestras decisiones y la manera en que entendemos nuestro cuerpo, nuestra libertad y nuestros deseos. San Pablo, en su carta a los corintios, nos dice algo que parece simple, pero que toca lo más profundo de nuestra existencia: “Todo me es lícito, pero no todo conviene”. Con estas palabras, el apóstol no está diciendo que la vida cristiana sea una lista de prohibiciones, sino recordándonos que la verdadera libertad no consiste en hacer cualquier cosa, sino en elegir aquello que nos construye, que nos hace más capaces de amar, que nos acerca a Cristo.

En la comunidad de Corinto, como en nuestro mundo actual, había mucha confusión sobre el cuerpo y la sexualidad. Algunos pensaban que el cuerpo no tenía importancia espiritual, que lo que se hacía con él no afectaba el alma. Otros creían que la libertad cristiana significaba permiso para todo. Pablo responde con una visión sorprendente:


“El cuerpo es miembro de Cristo, es templo del Espíritu Santo”.


No es un objeto, no es un accesorio, no es un instrumento de consumo; es un lugar sagrado donde Dios habita. Y cuando olvidamos esto, cuando tratamos nuestro cuerpo o el de los demás como algo sin valor, terminamos hiriéndonos por dentro, perdiendo la unidad interior y rompiendo la comunión para la que fuimos creados.

La experiencia humana nos muestra que cuando usamos mal nuestra libertad, cuando seguimos impulsos que nos alejan de lo que realmente somos, aparece un sentimiento profundo: “El arrepentimiento”. No un arrepentimiento que aplasta, sino uno que despierta. Es esa voz interior que nos dice: “Este camino no te conduce a la vida, no estás hecho para esto y que hay algo más grande para ti”. Ese arrepentimiento es un regalo, porque nos permite reconocer que hemos tomado decisiones que no nos han hecho bien y que necesitamos volver a la fuente del amor.

Y es aquí donde la parábola del hijo pródigo ilumina todo lo que Pablo quiere enseñarnos. El hijo menor, seducido por la ilusión de una libertad sin límites, se aleja de su hogar, busca experiencias, busca placer, busca sentirse dueño de sí mismo. Pero esa libertad mal entendida lo lleva a la ruina, no solo económica, sino interior. Cuando tocamos fondo, cuando nos vemos a nosotros mismos reducidos, cuando reconocemos que nos hemos perdido, algo se enciende en el corazón. Es ese reconocimiento de nuestra vergüenza que lleva al  arrepentimiento. No es un sentimiento de derrota, sino un despertar que nos recuerda el amor que dejamos atrás, de quién éramos antes de alejarnos y decidimos regresar al padre; es el alma que recuerda la presencia de Dios y añora volver. Ese momento es clave: el arrepentimiento no nos destruye, nos levanta y nos impulsa. No hunde, orienta. El arrepentimiento, cuando se vive con humildad, es el primer paso hacia la sanación y es el comienzo del regreso a Dios, a los sacramentos, a la fiesta de comunión:


“¡Cuantos jornaleros de mi padre tienen pan en abundacia, mientras que yo aquí me muero de hambre!”


 

Pero la parábola no termina ahí. Cuando el hijo vuelve, el padre no lo recibe con reproches, no le exige explicaciones, no le recuerda sus errores. Lo abraza antes de que termine de hablar; lo reviste, lo dignifica, lo restaura. Ese abrazo es la imagen más hermosa de lo que Dios hace con nosotros cuando regresamos llenos de verdadero arrepentimiento. No nos humilla, no nos castiga, no nos mira con desconfianza, al contrario; nos devuelve la dignidad que creíamos perdida y nos recuerda que somos hijos, no esclavos, que somos amados, no descartados.

Y sin embargo, hay otro personaje en la parábola: El hijo mayor. Él representa a quienes cumplen, a quienes se esfuerzan, a quienes nunca se han ido. Pero su corazón está herido por la comparación con los demás, por la sensación de injusticia, por la incapacidad de alegrarse por el regreso del hermano. Este hijo también necesita conversión, también necesita descubrir el corazón del padre. Porque no basta con estar en la casa y cumplir con la expectativas del bueno; hay que aprender a amar como ama el padre.

Esta parábola nos enseña que todos, de una manera u otra, somos hijos que necesitan volver, algunos porque se han alejado buscando una libertad que no llena y otros porque, aun estando cerca, han perdido la alegría y la misericordia, todos necesitamos el abrazo del Padre que nos restaura.

Y aquí volvemos a las palabras de san Pablo. Cuando él habla del cuerpo como templo del Espíritu, no lo hace para controlarnos, sino para recordar nuestra dignidad. No lo hace para limitar nuestra libertad, sino para enseñarnos a usarla bien. No lo hace para condenar nuestros deseos, sino para orientarlos hacia el amor verdadero. La sexualidad, el deseo, el cuerpo, no son enemigos de la vida espiritual. Son parte de nuestra humanidad y nuestra fragilidad al pecado, y Dios quiere que vivamos la belleza con responsabilidad, con amor, con respeto por nosotros mismos y por los demás.

La cultura actual nos dice que el cuerpo es un objeto, que la libertad es hacer lo que uno quiera, que el deseo es un derecho absoluto. Pero la experiencia humana —y la Palabra de Dios— nos muestran que cuando vivimos así, terminamos vacíos, fragmentados, heridos. La verdadera libertad es la que nos permite amar. El verdadero deseo es el que nos conduce a la comunión. El verdadero uso del cuerpo es el que respeta su dignidad sagrada.

Hermanos y hermanas, hoy el Señor nos invita a mirarnos con verdad. A reconocer dónde hemos usado mal nuestra libertad. A escuchar ese arrepentimiento que no destruye, sino que despierta. A levantarnos y volver al Padre. A dejar que Él nos abrace, nos restaure y nos devuelva la dignidad que nunca dejó de ser nuestra. Y también nos invita a no ser como el hijo mayor, a no cerrar el corazón, a alegrarnos por cada hermano que vuelve, a construir una comunidad donde nadie sea juzgado, sino acompañado.

Que esta Palabra nos ayude a vivir con más libertad, con más responsabilidad, con más amor. Que aprendamos a ver nuestro cuerpo como templo, nuestra libertad como don y nuestro deseo como camino hacia la comunión. Y que, como el hijo que vuelve, descubramos que siempre hay un hogar esperándonos en el corazón de Dios.

 

Troparion, Tono 2.

Cuando descendiste a la muerte, oh Vida Inmortal, mataste al Hades con el resplandor de tu Divinidad. Y cuando resucitaste a los muertos de las profundidades, todos los poderes celestiales clamaron a ti, oh Dador de vida, Cristo nuestro Dios, gloria a ti.

 

Kontakion, Tono 3.

Oh gloria paternal, he huido neciamente, malgastando en el mal la riqueza que me confiaste. Por eso, te ofrezco la voz del hijo pródigo: He pecado ante ti, oh Padre compasivo, acéptame a mí, que me arrepiento, y conviérteme en uno de tus jornaleros.

 

Santoral

Domingo del Hijo Pródigo/ TONO 2


Domingo 8: 

Sinaxis de los Mártires y Confesores de la Iglesia Rusa (Silgo XX) 

(1 Cor 6:12-20/Lc 15:11-32)


2° Semana Preparatoria a Gran Cuaresma


Lunes 9: 

Trasl-Rel: Juan Crisóstomo 438

( Hbr 7:26;8:2 / Jn 10:9-16)

(1Jn 2:18-3:10/Mc 11:1-11)


Martes 10: 

Icono Totemskaya-Sumorinskaya (То́темская-Суморинская)

Efren el sirio Mj-373

(1Jn 3:10-20/Mc 14:10-42)


Miércoles 11: 

Trasl-Rel: Ignacio Ob-Antioquía -440

(Hbr 4:14;5: 6/Mc 9: 33-41)

(1Jn 3:21-4:6/Mc 14:43-15:1)


Jueves 12: 

Sinaxis 3 Grds-Padres: Basilio Mg, Gregorio Teólogo, Juan Crisóstomo. 

(Hb 13:7-16/Mt 5:14-19)


Viernes 13: 

Ciro y Juan anárgiro-312/ Nicetas Ob Novgorod.

(2Jn 1:1-13/Mc 15:22,25,33-41)


Sábado 14: 

Vigilia del encuentro

Trifon de Apamea: Martir en Nicea en el año-251 

(Rom 8: 28-39/ Lc 10: 19-21)

(1Cor 10:23-28/Lc 21:8-9,25-27,33-36)

 
 
 

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