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🙏🏻 Domingo del Fariseo y el Publicano/ TONO 1 ☦️

  • Foto del escritor: ☦️ Rev_P. Estefan
    ☦️ Rev_P. Estefan
  • hace 2 días
  • 6 Min. de lectura
Boletín Nro. 885/Año XVIII-36
Boletín Nro. 885/Año XVIII-36

EPÍSTOLA:

2°Tim 3: 10-15

EVANGELIO: 

Lc 18: 10-14

COLOR LITÚRGICO:

Dorado


Las lecturas que nos ofrece el calendario ortodoxo para este domingo nos colocan frente a dos realidades que se iluminan mutuamente. Por un lado, san Pablo advierte a Timoteo sobre el carácter de los hombres en los postreros días, describiendo un mundo donde la soberbia, la dureza de corazón y la falta de amor se vuelven moneda corriente. Por otro lado, el Evangelio de san Lucas nos presenta la parábola del fariseo y el publicano, un relato breve, apenas cinco versículos, pero capaz de revelar con una fuerza extraordinaria cuál debe ser la actitud correcta en la oración y en nuestro acercamiento a Dios. Ambas lecturas, unidas, nos muestran que la verdadera batalla espiritual no se libra en lo exterior, sino en el corazón, y que la humildad es la puerta por la que entra la Gracia.

En la parábola, Jesús nos muestra dos hombres que suben al templo a orar. El fariseo, representante de la piedad formal y del cumplimiento de las leyes, ora de pie, seguro de sí mismo. Su oración no es súplica ni diálogo, sino una enumeración de méritos: ayunos, diezmos, observancia de normas. No reconoce su fragilidad, no mira su interior, no se coloca ante Dios como criatura necesitada, sino como alguien que cree tener derecho a ser escuchado. Además, se compara con los demás y los desprecia, especialmente al publicano que está allí presente. Su religiosidad es exterior, una apariencia de justicia construida sobre obras que él mismo magnifica. Su oración no sube al cielo porque no nace del corazón, sino del orgullo. El publicano, en cambio, se queda atrás, sin atreverse a levantar los ojos al cielo. Golpea su pecho, reconoce su pecado y clama por misericordia. No trae méritos, no presenta excusas, no se compara con nadie. Solo se ofrece a Dios tal como es: un pecador necesitado de compasión.

Su oración es breve, pero verdadera: “Dios, ten compasión de mí, que soy pecador”. Y Jesús concluye con una sentencia que desarma toda soberbia: el publicano volvió a su casa justificado; el fariseo, no. La justificación no depende de las obras exteriores, sino de la verdad del corazón. Dios no mira la apariencia, sino la humildad.

Esta parábola nos enseña la postura interior que debe acompañar toda oración: humildad, verdad, arrepentimiento y confianza en la misericordia divina. Pero también ilumina nuestra convivencia diaria. Con frecuencia adoptamos actitudes “farisaicas” frente a los demás: criticamos cómo se visten, cómo hablan, cómo viven, qué trabajo realizan, cómo educan a sus hijos, o incluso juzgamos a personas que hace años no vemos. Nos convertimos en jueces de la vida ajena, ejerciendo un poder que no nos corresponde. En la vida civil, juzgan los magistrados; en la vida moral, solo Dios. El Señor nos advirtió: “No juzguéis para que no seáis juzgados”. Cuando nos entrometemos en la vida privada del otro, caemos en el chisme, la murmuración y la injuria, y terminamos mortificándonos por asuntos que no son de nuestra incumbencia. El fariseo vive pendiente de los defectos ajenos; el publicano solo mira su propio corazón.

La Escritura nos recuerda que ningún hombre es justo ante la santidad infinita de Dios. Hoy también es fácil caer en la tentación del fariseo: creerse santo, sentirse elegido, juzgar a quienes consideramos impuros o indignos. Algunos grupos religiosos caen en ese orgullo espiritual, despreciando a quienes luchan con pecados visibles o con vidas difíciles: prostitutas, adictos, marginados, trabajadores despreciados por la sociedad. Pero Jesús actuó de manera muy distinta: reprendió severamente a los fariseos por su soberbia espiritual, acogió a publicanos, prostitutas y pecadores, sanó sus heridas, perdonó sus pecados y los devolvió a la vida con dignidad. Los fariseos rechazaban a Jesús; los pecadores se acercaban a Él, lo escuchaban y recibían su misericordia.

Esta parábola se conecta profundamente con la enseñanza de Cristo sobre hacernos como niños. El niño no presume, no se compara, no se justifica. El niño confía, se entrega, reconoce su pequeñez sin vergüenza. El fariseo es el adulto endurecido que cree saberlo todo; el publicano es el niño que reconoce su necesidad. La humildad del publicano es la misma actitud que Cristo pide cuando invita a recibir el Reino con corazón sencillo. El niño no se presenta ante su padre enumerando méritos, sino con la confianza de quien sabe que es amado. Así debe ser nuestra oración.

Otra enseñanza que podemos rescatar de este pasaje es la práctica ortodoxa en la oración incesante del corazón: —“¡Oh Dios!, ¡ten compasión de mí, que soy pecador!”—. No es casualidad que la Iglesia haya visto en esta parábola el fundamento de la oración hesicasta. El publicano ora desde lo profundo, sin adornos, sin discursos, sin pretensiones. Su oración es pura, desnuda y verdadera. La oración del corazón nace de la misma actitud: humildad, arrepentimiento, conciencia de la propia fragilidad y confianza absoluta en la misericordia de Cristo.

La oración incesante no es una técnica, sino un estado del alma. Es vivir ante Dios con la conciencia de que sin Él nada podemos. Es repetir con cada respiración la súplica del publicano, no como fórmula, sino como verdad existencial. El que ora así no juzga, no desprecia, no se compara. La oración del corazón purifica la mirada y nos permite ver a los demás con compasión sin condenar.

Que este domingo, al escuchar esta parábola, podamos entrar en la oración con la actitud del publicano, con la sencillez de niño y con el deseo de que la oración del corazón se convierta en aliento de nuestra vida. Que nuestra súplica sea siempre la misma, la que abre las puertas del Reino: “Señor Jesús, Hijo de Dios, ten compasión de mí, que soy pecador”.

 

El ayuno en la iglesia ortodoxa


 

No es una costumbre vacía ni una disciplina meramente ascética; es una pedagogía espiritual que nace de la Sagradas Escrituras y de la experiencia viva de los santos Padres. Para el fiel ortodoxo, ayunar es aprender a ordenar el corazón, a liberarse de la tiranía de los deseos y a volver a Dios con humildad. El Señor mismo nos enseña: “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste… tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará” (Mt 6,16-18). El ayuno es, por tanto, un camino de verdad interior.

Desde los primeros siglos, la Iglesia comprendió que la salvación no consiste solo en creer correctamente, sino en transformar la vida. Por eso el ayuno no se limita a la abstinencia de carne, lácteos o aceite, sino que abarca a la persona entera.

San Basilio recuerda que el ayuno auténtico comienza en el estómago, pero debe continuar en los ojos, en los oídos, en la lengua y en el corazón. En la tradición rusa y eslava, este esfuerzo incluye también renunciar a aquello que dispersa o esclaviza: el uso excesivo de redes sociales, la dependencia de la tecnología, el entretenimiento vacío, el consumo desordenado de alcohol o cualquier sustancia que oscurezca la mente. No es moralismo, sino libertad: dejar lo que nos domina para que Dios vuelva a ocupar el centro.

Ayunar correctamente implica moderación corporal, oración intensificada y caridad concreta. La oración del corazón encuentra espacio cuando el ruido interior disminuye. La caridad, por su parte, manifiesta que el ayuno sin misericordia es estéril, según la enseñanza del Señor: “Tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25,35).

Así, el ayuno ortodoxo se convierte en una escuela de humildad y una medicina para el alma. No mira al pasado con nostalgia ni al futuro con ansiedad, sino que arraiga al creyente en el hoy de la salvación, despertando en él el hambre de Dios y la alegría de la Pascua que se acerca.

 

Santoral

Domingo del Fariseo y el Publicano/ TONO 1


Domingo 1: 

Macario de Egipto Eremita/ Arsenio obispo de Corfú, s.X

(2Tim 3:10-15/Lc 18:10-14)


Lunes 2: 

Eutimio el Grande Mj-473

(Heb 13:17-21/Lc 6:17-23)

(2Ped 1:20-2:9/Mc 13:9-13)

Icono de Vatopedi "Отрада" (Утешение:Consolación) Ватопедская


Martes 3: 

Máximo el Confesor-662

(Gal 5:22;6:2/Lc 6: 17-23)

(2Ped 2:9-22/Mc 13:14-23)


Miércoles 4: 

Timoteo Ap-70-I/ Atanasio el Persa Mr-628

(2Ped 3:1-18/Mc 13:24-31)


Jueves 5: 

Clemente Ob-Ancira/ Agatangelo Mr-IV

(1Jn 1:8-2:6/Mc 13:31-14:2)


Viernes 6: 

Xenia virgen-V

(1Jn 2:7-17/Mc 14:3-9)

Icono: "La apagadora de dolores" (Утоли моя печали)


Sábado 7: 

Gregorio nacianceno el teólogo-389

(1Cor 12:7-11/ Jn 10:9-16)

(2Tim 3:1-9/Lc 20:45-21:4)

 
 
 

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